“Es por tanto urgente repensar la formación en la Iglesia en clave sinodal, como integral, continua y compartida. La formación inicial y permanente, en todas las vocaciones, ministerios y carismas, debe renovarse de modo que ayude a desarrollar la capacidad de escuchar, de caminar juntos, de discernir en común y de comprometerse en la misión. Toda propuesta formativa debe implicar todas las dimensiones de la persona (humana, espiritual, intelectual y pastoral) e incluir experiencias de participación y corresponsabilidad.” (143)